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RUTA nº 256 PROVINCIA DE GUADALAJARA Distancia desde Madrid: 175 Kms.
Castilla-La Mancha  BARRANCO DE BORBOCID
A UN PASO DEL DESTIERRO
Este cañón que taja la sierra de Pela cerca de Somolinos vió entrar al Cid en las tierras moras de Guadalajara

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Somolinos tiene acceso por la carretera de Barcelona (N-II) y por la CM-1011 (antigua C-204) hasta Sigüenza, para luego continuar por la CM-110 hasta Atienza y el propio Somolinos. Otra opción –ni mejor, ni peor– es ir por la carretera de Burgos (N-I) y por la N-110 a Riaza y Ayllón, siguiendo después por Francos, Santibáñez de Ayllón, Campisábalos y Somolinos
en la fuente de Canalejas, antes de adentrarse en el barranco. Caminos agrícolas y senderos
se recomienda hacerlo en invierno o a principios de primavera, cuando la poca agua que baja por el barranco pone una nota de efímero verdor
mapa 21-17 (Atienza) del S.G.E. o la hoja 433 del I.G.N.
en Somolinos, a 16 kilómetros de Villacadima por la carretera CM-110, se halla el precioso centro de turismo rural Molingordo (tel.: 949-30 7807; www.inicia.es/de/molingordo). El robusto caserón de piedra rubia, que fuera fábrica de papel en el siglo XVII, se alza –junto a la ruina de una ferrería fundada en 1847 por el conde de Polentinos y una central eléctrica de 1910– en pleno cauce del río Bornova, junto a la laguna de Somolinos. Dispone de 7 apartamentos con capacidad para 3, 4 o 6 personas. Precio bajo
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En el 'Cantar del Mio Cid' está escrito que, al expirar el plazo que le diera el rey para dejar Castilla, el Campeador pasó con los suyos de Soria a Guadalajara –a la sazón, ya tierra mora– a través de la sierra de Miedes, hoy sierra de Pela. El lugar exacto no está claro: hay quien opina que cruzaron por el alto del Portillo y que, desde allí, bajaron por el barranco de Borbocid. Eso explicaría, en parte, el nombre de este cañón que hiende la masa caliza de la sierra cerca de la aldea guadalajareña de Somolinos y que, al igual que el alto, es asaz andadero. Si no fue éste el camino, ellos que se lo perdieron: aun en esa hora amarga, ¡les hubiese parecido tan bello!

Para subir al alto del Portillo por el barranco de Borbocid –camino inverso, pues, al del Mio Cid–, nos llegamos a Somolinos, que nada tiene de particular, salvo la coqueta espadaña de su iglesia parroquial, y nos echamos a andar por la pista de tierra que corre junto a la carretera de Campisábalos, por la izquierda de ésta, hasta el cercano centro de turismo rural Molingordo. El robusto caserón de piedra rubia, que fuera fábrica de papel en el siglo XVII, se alza –junto a la ruina de una ferrería fundada en 1847 por el conde de Polentinos y una central eléctrica de 1910– en pleno cauce del río Bornova, cuyas aguas hacen verdes estas grises barranqueras.

Nada más rebasar Molingordo, cruzamos el río por una pasadera de piedra y bordeamos por la izquierda la laguna de Somolinos, que es una bella charca en forma de media luna, de 300 metros de largo, rodeada de carrizos, chopos y fina hierba, donde el Bornova se vuelve un espejo. Aguas arriba, a través de un área recreativa, salimos de nuevo a la carretera, la cual seguimos ahora hacia la derecha para cruzar otra vez el río y coger acto seguido a la izquierda por un camino agrícola que discurre entre tierras de labor y escarpes que fingen –imposibles caprichos de la erosión– proas de barcos naufragados en el remoto mar que dio origen a estas espesuras calizas.

Avanzando siempre por el amplio cañón del río Bornova –al que llaman también del Manadero, por lo que luego se verá–, pasamos junto a la fuente de las Canalejas, muy querida de los excursionistas, que incluso le hacen inscripciones en verso. Y, como a una hora del inicio, arribamos a una confluencia evidente: a la izquierda, al pie de la carretera, se halla el manadero donde surge de sopetón el Bornova de las entrañas de la sierra; mientras que por la diestra, entre paredones verticales, afluye el barranco de Borbocid –o del Águila–. Aunque afluir, lo que se dice afluir, no afluye nada, porque suele estar más seco que el ojo de Inés, que diría un chuleta.

Lo que nos queda es otra hora de suave pero constante subida, ganando cerca de 250 metros de altura por el fondo del barranco de Borbocid –donde, ni siquiera en invierno, la poca agua que corre a trechos por su lecho estorba el paso– hasta alcanzar los 1.358 del vértice geodésico del Portillo, en el que Guadalajara y Soria se tocan. Unos pocos enebros, carrascas y pinchudas aliagas visten apenas la desnudez de estos cantiles plateados, que nos transportan a los inconcebibles cráteres de la Luna. Es un escenario onírico, todo piedra, todo alma. Le dicen sierra de Pela, aunque mejor le iría 'Pelá'.

A medida que ascendemos, las laderas del barranco se suavizan y, sin dejar el cauce más marcado –el único que eventualmente lleva un hilo de agua–, llegamos pronto al mentado vértice, desde donde descubrimos que esta sierra no es una sucesión de picos sino una altiplanicie levemente ondulada, pero con excelentes vistas, ¡vive Dios!: a poniente, divisamos las nieves de Ayllón y del Ocejón; al sur, coronada por unas antenas, la sierra de Alto Rey; a naciente, la meseta cimera y los barrancos cenicientos por los que se prolonga la sierra de Pela; y al norte, las tierras rojas de Soria, las tierras de la vieja Castilla por las que, con doce de los suyos –“polvo, sudor y hierro”–, el Cid cabalgaba camino del destierro.

La bajada, por el mismo camino.

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