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RUTA nº 152 PROVINCIA DE SEGOVIA Distancia desde Madrid: 145 Kms.
Castilla-León  HOCES DEL RIAZA
ANGELES CARROÑEROS
Una de las mayores poblaciones de buitres leonados del mundo vive en los escarpes de este cauce segoviano

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Montejo de la Vega de la Serrezuela (provincia de Segovia) tiene acceso por la carretera de Burgos (NI) hasta el kilómetro 134, donde sale un desvío que conduce hacia Villalvilla, Villaverde y Montejo
Ruta apta para hacer en bicicleta
José Antonio Donázar es el autor de Los buitres ibéricos (J M. Reyero Editor). Otras excursiones se hallarán en 50 excursiones en bicicleta alrededor de Madrid (EL PAÍS / Aguilar), de B. Datcharry y V. H. Mardones, y 101 ecorrutas de fin de semana (Planeta), de J. Luis Rodríguez
hoja 19-15 (Fuentelcésped) del Servicio Geográfico del Ejército o la 375 del Instituto Geográfico Nacional
para alojarse está la casa rural Hoces del Riaza, en Montejo de la Vega (plaza del Puente Chico, 2; teléfono 921 53 2354)
no se abandonen los caminos ni se intente ninguna maniobra de aproximación a los buitres. Para verlos, llevar prismáticos
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Pocos de los muchos madrileños que acuden a Aranda al husmo de los corderos y los vinos del nutricio Duero sospechan que, muy cerca de este río, su afluente el Riaza se encañona de súbito entre rojizos paredones de roca conglomerada de hasta 120 metros de altura, llenos de cornisas y oquedades, que son algo así como la Quinta Avenida de las carroñeras ibéricas. Alrededor de doscientas parejas de buitres leonados anidan en estos rascacielos antediluvianos, una cifra nada desdeñable si se considera que la población mundial ronda las 9.000: añádanse dos docenas de alimoches y otras muchas raras avis (águilas reales, halcones...), y se entenderá por qué Félix Rodríguez de la Fuente y Adena promovieron la idea de crear aquí el refugio de rapaces de Montejo (1975), el primer espacio protegido en España gracias a la iniciativa privada. Visitarlo ahora que cumple su 25º aniversario – máxime estando a sólo una hora y cuarto de la Puerta del Sol – es obligación de todo madrileño que se precie de amar la naturaleza, y no exclusivamente asada.

La capital del buitre leonado recibe, por nombre completo, el de Montejo de la Vega de la Serrezuela, y es un pueblecito segoviano que solo tiene una iglesia feucha, dos bares que no abren hasta las diez de la mañana, una casa rural y un camino de tierra que, a lo largo de 12 kilómetros, nos va a permitir remontar el río Riaza por entre precipicios abarrotados de buitres. Se trata del camino del cementerio, cuya prolongación, entre campos de maíz y remolacha, vamos a seguir dejando siempre a mano izquierda el río y sus choperas. Un puente que no cruzaremos, a la media hora del inicio, y una bifurcación en la que optaremos por el ramal de la derecha, un kilómetro más allá, serán las referencias a tener en cuenta antes de que el camino se extinga al pie de un cantil que cae a plomo sobre la corriente. Imposible continuar... Sin embargo, un centenar de metros atrás, junto a una vieja sabina, arranca un senderillo que trepa por lo alto de la hoz para, una vez salvado el obstáculo, caer de nuevo al río justo donde yacen las ruinas del convento de Casuar. Aquí, junto al cenobio románico, enlazaremos con otra pista que prosigue aguas arriba por un espeso encinar, que pasa bajo un viaducto ferroviario y que muere, ahora sí que sí, ante el muro del embalse de Linares del Arroyo, cumplidas tres horas de caminata.

Como si fueran las almas de aquellos monjes medievales de Casuar, cientos de buitres rondan estas soledades y diríase que meditan posados en los contrafuertes de la hoz. Son querubines, o más bien angelotes, de dos metros y medio de envergadura y siete kilos de peso, que parecen haber ganado la eternidad – viven 30 años como el que lava – merced a sus hábitos ascéticos, pues si bien pueden embuchar kilo y medio de carroña en una sentada, en tiempos de vacas flacas ayunan durante dos o tres semanas. Espíritus contemplativos, en sus éxtasis se elevan sin mover un ala, gracias a las térmicas, hasta 12.000 metros, como pudo comprobar el piloto de un reactor que chocó con uno sobre Costa de Marfil.

Pero todo lo que tiene de grande y morigerado, lo tiene también de vulnerable. El siniestro típico suele acaecer durante la época de incubación y cría, entre febrero y agosto, cuando algun bípedo implume – verbigracia, un dominguero que decide darse un garbeíllo después de apretarse un lechal en Aranda – se sale del camino y, al pasar a 10 metros pelados de un nido, se queda pasmao viendo despegar a los buitres (“¡Al loro, tú, qué bichos!”) sin sospechar que huyen de él. Y como no ha leído, si es que sabe, los carteles que aconsejan no detenerse en tal caso, pues los buitres no piensan regresar hasta que el intruso se esfume, pasa un tiempo que es proporcional a la idiotez del intruso y suficiente para que el único huevo se congele o para que el pollo, desconsolado, intente seguir a sus padres batiendo inútilmente en el vacío, ¡ay!, sus alas de volantón.

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