RUTA nº 180 PROVINCIA DE TOLEDO Distancia desde Madrid: 71 Kms.
Castilla-La Mancha  CÁRCAVAS DE CASTREJÓN
A VISTA DE PÁJARO
Fantásticos acantilados arcillosos rodean este embalse del río Tajo, importante refugio de avifauna

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a Toledo hay que ir por la autovía de Toledo (A-42) hasta la misma ciudad, para seguir por la carretera de La Puebla de Montalbán (CM-4000) buscando el hito del kilómetro 24 y la pista que, acto seguido, sale a la izquierda
pista de tierra con letreros y paneles informativos catalejo o prismáticos de 8 x 30 o similares son imprescindibles si se desea sacarle el mayor provecho a la jornada
se recomienda para otoño e invierno por ser éstas las épocas en que puede avistarse un mayor número de aves
José Luis Rodríguez describe dos rutas alternativas por el embalse de Castrejón –a pie y en bici de montaña– en la guía '101 ecorutas de fin de semana: Castilla y Madrid', editada por Planeta. La guía de Incafo de las aves de la península Ibérica, de Ramón Sáez-Royuela, será de suma utilidad para reconocer cada espécimen
hoja 17-25 (Torrijos) del S.G.E. o la 628 del I.G.N.
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En 1864, Casiano del Prado se lamentaba de que el Tajo, considerado por su longitud como el principal río ibérico, no surcase en sus 1.010 kilómetros sino áridos despoblados. “Por riberas”, escribía el eminente geógrafo, “no tiene más que barrancos, tajados en muchos puntos a pico, ni presta a la agricultura tanta utilidad como ríos casi insignificantes de otras regiones más afortunadas. Para que saliese de madresería preciso un diluvio como el de Noé. ¡Dichosas las comarcas donde las inundaciones pueden causar lágrimas! Por sensible que esto sea, lo es mucho más el ver que enlos yermos que el Tajo atraviesa no haya quien pueda derramarlas...”

Hoy el Tajo sigue siendo un río solitario, al que sólo se arrima el pueblo para presenciar algún vertido degasoil, que al parecer es su mayor utilidad. Esa, y la producción de electricidad en una docena de grandes embalses que, desde Entrepeñas (Guadalajara) hasta Cedillo (Cáceres), lo han convertido en un curso más regulado que primero de Derecho. Embalses que han alterado el ciclo natural del agua, anegado cientos de kilómetros de bosques de ribera e interrumpido el libérrimo ir y venir de los peces –la lamprea de río se extinguió en España al erigirse la presa fronteriza de Cedillo–; pero embalses que –paradójico bien venido de tanto mal– atraen una avifauna que hace frotarse los ojos a los ornitólogos, testigos estupefactos de la llegada a la reseca meseta de aves como gaviotas reidoras y cormoranes, cual sucede en el embalse toledano de Castrejón.

A poniente de Toledo capital, en dirección a La Puebla de Montalbán, por un paisaje de secanos y encinares, de pelados alcores y decrépitos alijares, la carretera CM-4000 sigue a un Tajo caprichoso que juega al escondite en sus muchos meandros hasta verse detenido en el embalse de Castrejón. Dos maravillas nos atren de éste: una, la mentada avifauna; y otra, las espectaculares Barrancas, acantiladas cárcavas arcillosas que, a modo de media luna, ciñen su orilla norte, ofreciendo un cuadro de vértigo y rojos crepusculares que, fuera de aquí, sólo puede verse en las Médulas de León o en Marte.

El camino de las Barrancas nace en el kilómetro 24 de dicha carretera, a mano izquierda, no más pasar el puente sobre el arroyo de Alcubillete y justo antes de alcanzar el cruce hacia Burujón. Se trata de una pista de tierra que cruza el lecho del menguado arroyo y, acto seguido, presenta una bifurcación. Tomando en ésta a la izquierda y en la próxima a la diestra, ascendemos suavemente por entre rastrojales y cenicientos olivares: un triste secarral que contrasta vivamente con la plétora de colores, texturas y volúmenes que descubrimos al coronar las Barrancas, a la media hora del inicio.

Lluvia y viento han trabajado durante miles de años la frágil arcilla de las Barrancas, agrietando aquí, derrumbando allá, tallando contrafuertes, afilando escarpes y pináculos bermejos, royendo sin cesar estos acantilados cuyo borde superior, a cien metros de altura sobre las aguas, es un observatorio privilegiado desde el que contemplamos este embalse como de azogue, sus dos islillas verdes y las miríadas de anátidas, limícolas y aves de lejanos mares sobre las que señorea altanero el aguilucho lagunero: ¡pé-u!, ¡pé-u!

Como el camino de vuelta es igualmente corto y sin misterio –basta continuar por la misma pista para encontrar de nuevo el arroyo de Alcubillete y remontar éste hasta el punto de partida–, podemos acercarnos en coche por la carretera de Polán al salto y al canal de Castrejón, donde los pescadores sacan carpas y peces gato a capazos. Poco más adelante, rebasado el puente sobre el Tajo, varios caminos se andentran a mano izquierda, hacia la orilla sur del embalse, atravesando sotos de álamos, tarayales y carrizales donde crían la garza real, el martinete y la garceta común. Pero hay más: patos, fochas... E incluso el calamón, antaño en peligro de extinción, hoy vuelve a dejarse ver en este paraíso artificial.

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