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RUTA nº 349 PROVINCIA DE SEGOVIA Distancia desde Madrid: 75 Kms.
Castilla-León  CAÑÓN DE LA RISCA
MIRADOR SOBRE AGUAS TURBULENTAS
Un paseo por los acantilados de gneis que flanquean el río Moros cerca de Valdeprados, en el sur de Segovia

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a Valdeprados se va por la carretera de A Coruña (A-6) hasta San Rafael y luego por la autopista de Segovia (A-31), tomando la primera salida (Otero de los Herreros) y siguiendo las indicaciones viales que aparecen en el cruce inmediato. El panel informativo y el inicio del camino se encuentran frente a la torre del Caballo Moreno
circuito por pistas de tierra, senderos y a campo traviesa. Hay un panel informativo al inicio del recorrido y un letrero de madera junto al río
la Asociación para el Desarrollo Rural de Segovia Sur (Ctra. de Segovia, 5; Espirdo; Segovia) ha señalizado ésta y otras rutas de senderismo por la zona. Asimismo, ha publicado guías con croquis que pueden solicitarse llamando al teléfono 921-44 9059 o bien consultarse de forma directa en Internet: www.a-segovia.com.
cualquier época, excepto pleno verano –pues el río pierde caudal y belleza–, es buena para emprender este paseo
mapa 507-II (Otero de Herreros) del I.G.N. u hoja 17-20 (El Espinar) del S.G.E. o la equivalente 507 del I.G.N.
al discurrir por el borde superior de los cortados –el fondo del cañón es intransitable–, deben observarse las precauciones que dicta el sentido común
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Cuenta una leyenda segoviana que, allá por el siglo XV o XVI, el conde de Puñonrostro le regaló a su hijo un caballo negro con doble sorpresa: herraduras de oro y la promesa de un señorío allí donde el corcel se detuviese tras galopar a su albedrío. El motivo de tanto agasajo, ni consta ni importa. El caso es que el cuadrúpedo fue aguijoneado en Segovia y, al llegar a Valdeprados, a 25 kilómetros al suroeste, cayó rendido. De las herraduras nunca más se supo, pero sí del corcel, pues aún da nombre a la torre del Caballo Moreno, cuya mole señorea esta bucólica aldea rodeada de prados, trigales y aguas que bajan reidoras de la cercana sierra de la Mujer Muerta.

Que el noble bruto se rilara en Valdeprados fue una suerte para todos: para nosotros, que siguiendo hoy su rastro hemos dado con uno de los pueblos más cucos de Segovia; para el propio équido, que de haber prolongado su carrera un kilómetro más, se hubiera despeñado en la Risca del río Moros; y no digamos para el condecito, a quien en tal caso le hubiese tocado gobernar un cañón de roca pelada y aguas rugidoras que resulta muy espectacular desde el punto de vista excursionista, pero un fiasco desde el de un señor del siglo XV o XVI, poco acostumbrado a vasallos tan altaneros como los milanos y a vasallas tan escurridizas como las truchas.

A escasos metros de la torre del Caballo Moreno –hoy, museo del escultor Sanguino–, tomando como referencia la fachada que mira a poniente, descubrimos un artístico panel de madera que nos ilustra sobre la ruta de la Risca. Y es ésta, en su inicio, una amplia pista de tierra que sale de Valdeprados en dirección a la finca de Navasotero, cruza enseguida el arroyo del Quejigal y baja a su vera por una sombría chopera que convierte en un dulce suspiro, de no más de un cuarto de hora, el paseo hasta la orilla del río Moros.

Aquí hay un puente que no cruzamos (ya lo haremos a la vuelta). Y hay una portilla metálica, aguas abajo, que franqueamos para seguir una senda que gana altura por la cada vez más escarpada margen derecha. De la amarillenta y frágil roca caliza, pasamos súbitamente al grisáceo y duro gneis en que está labrado el cañón de la Risca. Del río manso entre alamedas, al Moros bravo que corre encajonado entre paredones de 40 metros, sin más compañía que la encina equilibrista, la rapaz piruetera y el atónito excursionista.

La Risca es deslumbrante y atronadora como un rayo, y también muy breve. Tan rápido como se cerró, el valle vuelve a abrirse a la llanura segoviana, donde nos topamos con un molino en ruinas y, como a una hora del inicio (contando paradas contemplativas), con la moribunda aldehuela de Guijasalbas. En primer término, el camposanto con un solitario par de cruces. Más allá, el casco de la iglesia, con techo pero sin tejas. Y al fondo, la vieja carretera de Ávila, que cruza el río Moros por una bella puente que ya no usa nadie, salvo nosotros.

El regreso por la margen contraria, la izquierda, nos puede llevar otra hora, o quizá algo más, pues ahora la ruta discurre a campo traviesa y con vallas, obligándonos a abrir y cerrar unos cuantos 'zarzos'. Así, atravesando estas toscas portillas de alambre y bances de madera, empezamos surcando un prado ribereño donde yacen los restos de un horno de cal, luego trepamos por la ladera para superar un espolón calcáreo y acto seguido descendemos por el prieto encinar bordeando la alambrada que delimita una antigua mina de caolín.

Tras rebasar la mina, buscando para ello paso casi por la misma orilla, nos plantamos otra vez junto al cañón de la Risca, el cual bordeamos de nuevo por lo alto siguiendo un cerca de piedra –por el lado izquierdo, pues el derecho es propiedad privada– y gozando ahora de la visión de las cumbres serranas. Allí, entre la Mujer Muerta y el Montón de Trigo, el Moros tiene su cuna. Aquí, a nuestros pies, aprovechando un despiste de la vieja llanura, el río vive un romance breve y turbulento con la Risca. Es su segunda juventud, y la última.

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