RUTA nº 284 COMUNIDAD AUTÓNOMA DE MADRID - Zona 6 Distancia desde Madrid: 53 Kms.
Comunidad Autónoma de Madrid  RISCO DE PEÑALARCO
UN HUESO DURO DE ROER
Esta gigantesca laja arqueada es uno de los riscos más hermosos y difíciles de escalar de La Pedriza

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Manzanares el Real, capital de La Pedriza está bien comunicado por la autovía de Colmenar (M-607), tomando la M-609 pasado el kilómetro 35 y luego la M-608 a mano izquierda. Para llegar al aparcamiento de Canto Cochino, hay que salir de Manzanares hacia Cerceda (M-608) y tomar el primer desvío a mano derecha. Hay autobuses hasta Manzanares (teléfono 91 359 8109) desde la plaza de Castilla
hay un par de fuentes a lo largo del recorrido señales blancas y rojas del GR-10, trochas con hitos
a la entrada de La Pedriza se halla el Centro de Información del parque (teléfono 91 853 9978), en el que podemos solucionar cualquier duda y apuntarnos a diversas excursiones guiadas.
Domingo Pliego es el autor de la ya clásica guía La Pedriza del Manzanares y del Plano esquemático de La Pedriza del Manzanares, a escala 1:8.000, ambos editados por Desnivel y muy útiles para esta excursión
puede usarse el mapa a escala 1:15.000 de La Tienda Verde (Maudes, 23 y 38; teléfono 91 534 3257)
hay que madrugar, pues el acceso a La Pedriza está limitado a 500 vehículos. En la Pedriza conviene llevar siempre agua propia en abundancia
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En los anales de la escalada madrileña está grabada, como con cincel sobre el duro granito de la Pedriza, la fecha del 10 de junio de 1972. Ese día, Fulgencio Casado, acompañado por Pedro Díez –el malogrado 'Promesas'–, culminó la primera ascensión que ser alguno, a excepción de las lagartijas serranas, hubiera intentado nunca por el vertiginoso lomo curvo de Peñalarco; para los amigos, el Hueso.

Increíble, pero ciertamente, este colosal arco pétreo, que parece mantenerse en precarísimo equilibrio con sólo sus dos extremos apoyados en un paredón casi vertical, había permanecido hasta entonces ajeno a la curiosidad de los escaladores prediceros, que llevaban ya más de cien años probando sus habilidades en la zona. Su forma de asa, sin cima definida, no atraía a los coleccionistas de cumbres. Y luego estaba su evidente dificultad. Una dificultad que, para más gloria suya, Fulgencio solventó con unas botas rudimentarias llamadas 'cletas' –los 'pies de gato', de goma cocida, son un invento de 1982– que hoy nadie usaría ni para subir al cerro Garabitas.

Aunque a raíz de aquella osada trepa, el Hueso pasó a formar parte, junto con el Yelmo y el Pájaro, de la trinidad más venerada por los 'spidermans' pedriceros, abriéndose posteriormente en él vías míticas de escalada como 'Me Cago en Dios' –uno de cuyos pasos ha sido calificado de inhumano– o 'Ambrosías' –la primera con un grado 8 de dificultad–...; a pesar de ello, decíamos, algo de ese espeso olvido en que estuvo durante más de un siglo lo impregna aún y como que insiste en mantenerlo fuera de las rutas habituales, no ya de los escaladores, pero sí de los montañeros de a pie. Y eso que el risco es espectacular a rabiar. Y el camino, chupado.

Desde el gran aparcamiento de Canto Cochino, vamos a descender en un minuto hasta el Manzanares para cruzar el río por un puente de madera y subir a la izquierda siguiendo las señales blancas y rojas, pintadas sobre pinos y arizónicas, del sendero GR-10, las cuales nos van a guiar por el valle del arroyo de la Majadilla arriba. Transcurridos tres cuartos de hora, cruzaremos el arroyo por una rústica pasadera y, dejando a mano derecha el refugio Giner, continuaremos ascendiendo en dirección al Tolmo, un descomunal canto esférico de granito –¡13.000 toneladas!– rodado hasta el fondo del valle desde el risco del Pájaro, situado 300 metros más arriba.

Unos 200 metros después de pasar el Tolmo, nos desviaremos del sendero GR-10 hacia la izquierda para volver a cruzar el arroyo –ahora llamado de la Dehesilla– y seguir subiendo por una trocha marcada con hitos que culebrea por el pinar y que se empina cada vez más, hasta el punto de obligarnos a usar las manos en algunos pasos rocosos. Veremos una escalera natural formada por raíces desnudas y también una peña cóncava a modo de caverna poco antes de llegar, como a una hora y media del inicio, al pie de los paredones de las Buitreras. Muy cerca, a mano derecha, junto a un roble emparedado entre lajas verticales de granito, está Peñalarco.

Hay quienes dicen que esta arqueada laja mide casi cien metros de punta a punta; otros, que 80; a nosotros, tirando por lo alto, nos parece que no más de 50. Sea como fuere, es un arco de gigantes, un asa para gigantes o, mejor, un inconcebible hombro descarnado, con su húmero y su omóplato, y con una doble fractura en la parte media de aquél, que debió de ser muy traumática para su gigante portador. Aunque no tanto como la que dio origen al propio Hueso.

Los hielos invernales, actuando como cuñas en las grietas del granito, hacen que los domos o grandes masas redondeadas de esta roca, tan frecuentes en la Pedriza, se vayan pelando como cebollas, capa a capa, laja a laja. Como lo demuestra su pavorosa hendidura, Peñalarco es una laja a punto de desgajarse. Tarde o temprano se desmoronará. Eso la hace doblemente hermosa: la posibilidad de caer, de acabarse. Bien lo saben los émulos de Fulgencio.

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