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El Mierlo era,
según parece, todo un filósofo (o, por lo menos, todo lo filósofo que
podía ser un pastor de la Pedriza en el siglo XIX). El Mierlo pudo haber
sido rico y famoso, si hubiese querido, tras auxiliar a una joven
aristócrata a la que habían secuestrado los Peseteros, unos bandoleros sin
hombría que, por disputas internas relacionadas con el uso carnal de la
raptada, acabaron matándose entre ellos en el cancho de los Muertos y
dejando abandonada a su suerte a la susodicha, hasta que la encontró el
Mierlo y la llevó a Madrid.
Al Mierlo, como es lógico, los papás de la señorita le
estuvieron agradecísimos e incluso le ofrecieron, de corazón, quedarse a
vivir con ellos a todo lujo. Pero el Mierlo, que pudo haber gozado de
comodidades nunca sentidas por carnes de pastor, prefirió volver a la
Pedriza con sus cabras, demostrando ser ese “hombre virtuoso y austero que
vive retirado y huye de las distracciones y concurrencias” que la Real
Academia dice que es un filósofo en cuarta acepción.
Lástima que el Mierlo, pastor de primera y filósofo en
cuarta, no fuera también adivino, pues en tal caso no hubiera vuelto a la
Pedriza para morir, pocos años después de aquello, a manos de otros
bandidos. El lugar: el collado de Valdehalcones, un portacho retirado que
se abre a 1.345 metros del altura en la cuerda del Hilo o de los Porrones.
La sepultura: cuatro piedras de granito toscamente labradas y dispuestas
sobre el terreno en forma de cruz, quizá tal como cayó el Mierlo a tierra
cuando sus enemigos lo derribaron.
A pesar de Bernaldo de Quirós afirmó haberla visto en
1920, la cruz cayó en el olvido porque todos creyeron que una historia tan
bonita no podía ser más que una leyenda. Y olvidada estuvo hasta que, en
2001, un explorador más terco que el resto, Roberto Fernández Peña, dio
con ella, divulgando el paradero exacto de estas rocas humildes, pero
cruciales para reconstruir el pasado de la sierra, que hoy vuelven a
contar su verdad a quien quiera subir a escucharlas.
A falta de un
camino directo hasta la cruz (si lo hubiese, no habría permanecido 80 años
perdida), la mejor opción es acercarse dando un rodeíllo desde el collado
de Quebrantaherraduras, que está dos kilómetros después de pasar el
control de visitantes de la Pedriza. Allí, por el lado del aparcamiento y
la fuente, nace una senda marcada con trazos blancos y amarillos por la
que subiremos admirando el más bello perfil de la Pedriza, que más parece
un furioso mar de granito rompiendo en sucesivas oleadas contra la Cuerda
Larga.
En una hora, contando paradas contemplativas, saldremos a
una pista forestal asfaltada que recorre la ladera oriental de los
Porrones. Bajando por ella 500 metros, hasta el hito del kilómetro 5, y
atrochando luego cuesta arriba por entre los pinos de repoblación y las
jaras, coronaremos en otra hora el collado de Valdehalcones. Con sólo
cruzar la alambrada que aquí separa los términos de Manzanares y El Boalo,
y ascender 50 pasos junto a ella, hallaremos la cruz del Mierlo tendida en
el suelo, poco más allá de unos corralejos que evocan el viejo uso
pastoril de este hoy soledosísimo paraje.
La cruz, con no ser más que un monigote, está en un lugar
que ya quisieran muchos ricos para sus panteones. Desde la peña que la
resguarda se domina, mirando hacia naciente, toda la Pedriza, el embalse
de Santillana y el cerro de San Pedro; mientras que, por la vertiente
contraria del collado, la vista vuela desde los caseríos de El Boalo y
Mataelpino, acurrucados al pie de la Maliciosa y la bravísima solana de
los Porrones, hasta el confín occidental del Guadarrama.
El regreso lo haremos por el mismo lado del collado y
después por la pista asfaltada, siguiéndola siempre hacia abajo hasta
salir a la carretera de acceso a la Pedriza, a sólo un kilómetro ya del
inicio. Así veremos, de paso, la riscosa peña del Mediodía, aquella que
regulaba con su sombra los horarios de los viejos moradores de la Pedriza,
incluido el Mierlo, que pudo tener reloj de oro y no quiso. |