|
| RUTA nº 126 |
| ||||||||
| LOS MOLINOS DE LA HIRUELA | |||||||||
|
EL MILAGRO DE LOS PANES | |||||||||
| . | |||||||||
| . | |||||||||
| |||||||||
| . | |||||||||
Hoy el pan
llega calentito hasta las aldeas más apartadas de la sierra a bordo de
unas trepidantes furgonetas que se anuncian tocando el claxon como si
acabaran de capitular los Imperios Centrales. Siempre que oímos estos
alegres bocinazos, nos preguntamos qué beneficio puede obtenerse de una
barra transportada a través de varios puertos de montaña, una vez
descontados los seguros, el carburante, las reparaciones, etcétera...,
pero nuestros cálculos más negros palidecen al considerar que hace años
era aun peor.
En los tiempos no muy lejanos de la subsistencia, en La Hiruela había que arar, binar, sembrar, segar, trillar, aventar y acarrear la parva cosecha de centeno hasta los molinos del Jarama, a una buena tirada monte abajo. La alternativa era trocar en Buitrago carbón, lino, miel, manzanas o cerezas –de todo lo cual había a patás en el pueblo– por hogazas, pero aquel viaje de 25 kilómetros y otros tantos de vuelta, en burro y con el puerto de La Hiruela por medio, debía de ser como para plantearse el mojar con los dedos. En 1751, La Hiruela tenía 220 habitantes; en 1991, sólo 32, la mayoría baldados para la labor. Éxodo a la capital, cultivos abandonados, aceñas en ruinas... Más hoy, milagros de la aldea global, se ha duplicado el censo (76), se han rehabilitado a maravilla viejas casas de lajas de pizarra y huecos con cercos de madera, se han recuperado para el senderismo los antiguos caminos, y el molino Nuevo, que estaba hecho cisco, se ha remozado por completo. Así se está resucitando uno de los paisajes rurales más gloriosos de la región. La senda de Molino a Molino, que así se llama, coincide en principio con el camino que se seguía antaño para ir de La Hiruela al vecino pueblo de El Cardoso, ya en Guadalajara. Y es una angosta calleja que nace detrás de la iglesia, a la izquierda de unos grandes nogales, y que discurre casi llana entre cercas de piedra, melojos, saúcos y cerezos silvestres. Muy pronto la senda obliga a franquear una portilla, sigue luego por un tramo empedrado hasta el arroyo de la Umbría, que se cruza poco más abajo, y desciende suavemente por un bosque salpicado de enormes robles hacia el puente de madera sobre el Jarama, al cual se llega tras media hora de paseo. De seguir el camino viejo allende el puente, alcanzaríamos en un
periquete la ermita de San Roque y El Cardoso. Pero la senda molinera
continúa, en rigor, río abajo, por la orilla derecha del Jarama, por una
vereda de pescadores que surca verdes ribas, robledillos y saucedas: los
más bellos sotos de Madrid. En un | |||||||||
| . | |||||||||