Excursión por el cañón del Tera situado en la
Sierra de Segundera y Laguna glaciar de los Peces.
La travesía discurre por los agrestes barrancos
glaciares del Tera y de Forcadura en la alta montaña
zamorana. Un lugar fascinante, por su formación
geológica, de origen glaciar y por el abundante agua que
llena lagunas, ibones y gargantas.
El río Tera, nombre de origen griego, desciende por
el lecho glaciar del impresionante cañón que los hielos
del periodo cuaternario labraron, en las tierras altas de
la provincia de Zamora, enlas cercanías del pueblo de
Sanabria. El cañón del Tera, el más
largo en su género dentro del Sistema Central Ibérico,
desciende encajonado entre los grandes farallones de
pulimentada cuarcita de la Sierra Segundera.
El relieve orográfico de este territorio peninsular, en
el que se asientan los cañones del Tera, Forcadura y
Cárdena, así como las numerosas lagunas y grandes pozas,
tuvieron su origen en el extenso manto de hielo que se
instaló en la altiplanicie de la Sierra Segundera y la
sierra de la Cabrera, de las que partían en dirección
sur numerosas lenguas de hielo.
El cauce preglaciar del Tera
fue aprovechado por una de estas lenguas, que alcanzó
los 20 kilómetros de longitud. La masa de hielo sobre un
medio ya alterado por un intenso preglaciarismo, explica
las características de la cubeta que soporta el lago de
Sanabria, y el accidentado relieve del cañón del Tera.
Las masas de los hielos que cubrieron durante siglos las
montañas del norte de la provincia de Zamora, crearon
con su permanente trabajo erosivo, un bellísimo y
excepcional paisaje, digno de ser admirado y conservado
por todos los amantes de los lugares salvajes y
solitarios, donde la naturaleza se revela con toda su
fuerza y sabiduría sobre la incierta verdad de la razón
humana.
Una belleza díficil de describir
Describir en una líneas la hermosura de este lugar,
su valor geológico, paisajístico y natural, es una
tarea un tanto difícil. No es menos arriesgado recoger
en las distintas imágenes fotográficas, la exuberante
riqueza ecológica que guardan estos apacibles rincones.
Por ello, lo mejor es recorrerlos a pie, si es posible,
durante las cuatro estaciones del año y disfrutar en la
más absoluta soledad, del misterioso encanto de estos
recónditos parajes, saturados del embriagador aroma de
las flores y los numerosos arbustos que crecen por
doquier. La alta Sanabria con sus grandes torrentes de
agua, lagunas y cascadas, junto a las cuales vive una
variada flora y fauna autóctona, es sin duda el lugar
más hermoso que la naturaleza ha creado en estas tierras
de Zamora.
Las huellas que sobre
la roca de cuarcita y pizarra dejaron los hielos, son hoy
visibles a lo largo de todo el cañón del Tera y la
estepa de la alta planicie, pudiéndo ser éstas
admiradas con todo lujo de detalle en los profundos
barrancos, excavados por el hielo, junto a los sucesivos
circos, las alturas aborregadas, las numerosas marmitas
construidas en la dura roca, las altas morrenas, y los
grandes bloques erráticos que yacen esparcidos por el
fragmentado lecho de los valles, y las extensas lagunas,
muchas de ellas colmatadas por los sedimentos que el agua
arrastra hasta su cubeta.
Todo este conjunto de fenómenos naturales contribuye a
hacer de la comarca de Sanabria un paraíso geológico de
singular belleza.
Pero si los cañones y lagunas glaciares que salpican las
altas sierras son un elemento importante como monumentos
de la geología que influyen decisivamente en la
formación del paisaje, no es menos el valor botánico de
la flora y la fauna del lugar. Entre estos riscos tienen
su hábitat una vegetación arbórea de robles, acebos,
tejos, enebros y serbales, que hunden sus raíces en las
grietas que dejan en sus plegamientos las rocas de
cuarcita, o en los depósitos de arcilla arrastrada por
las torrenciales aguas.
En la parte superior del lago de Sanabria, se encuentran
las pocas casas del pueblo de Ribadelago Viejo que
dejaron en pie las enfurecidas aguas del embalse de Vega
de Tera, al ceder la presa la fatídica noche del 8 al 9
de enero de 1959. A su paso por el cañón el agua
arrasó todo vestigio de vida arrastrando grandes bloques
de roca y parte del muro hasta las inmediaciones del lago,
con la riada desparecieron casas, personas, enseres y
animales domésticos.
Ribadelago, víctima de riadas e inicio de la ruta
De las viejas casas que aún se conservan en pie de
Ribadelago, parte el sendero que asciende por el cañón
del Tera, hasta alcanzar las altas cumbres de la Sierra
Segundera, y el pico Moncalvo 2.044 m., situado entre
Zamora y Orense. Moncalvo al igual que Peña Trevinca,
situada más al norte, está considerado, entre los
amantes de la comarca de Sanabria, como uno de los
lugares más privilegiados de la zona, desde donde se
tiene una amplia visión del conjunto de sierras, valles,
y lagunas glaciares que configuran este extraordinario
paisaje de montaña.
Saliendo del pueblo, el camino asciende por el cañón
del Tera toma la margen derecha del río, y sube por
entre el bosque de ribera que se cierne sobre los
márgenes del río. Se cruza a la otra orilla por un
improvisado puente y se avanza a través de un campo
sembrado por grandes bloques erráticos y un aluvión de
cantos rodados, arrastrados hasta aquí por los glaciares
y las torrenciales aguas del Tera. Un poco más arriba se
comienza a superar los primeros resaltes de roca, que
caracterizan la generalidad del escabroso relieve del
cañón.
El camino que sube sorteando las barreras de roca y los
numerosos torrentes, está bien marcado por el paso
comtinuado de animales domésticos y del hombre, este
continua en toda su primera parte por la orilla izquierda
del río, salvando pequeños lagos, altas morrenas y
bellos ibones, auténticos monumentos geológicos. En
algunas zonas es necesario atravesar el río por
estrechos pasos, en donde se forman grandes cascadas, que
vierten por enormes precipicios, dando origen a sonoros
torrentes. Para contemplar algunos de estos
espectaculares saltos de agua, es preciso desviarse del
camino unos metros, y acercarse hasta la orilla del río
donde el agua mantiene un enfurecido pulso con la roca.
Ibones, embalses, lagos y lagunas
A una hora y media de marcha y superadas las mayores
dificultades del cañón, el camino cruza de nuevo a la
margen derecha del río. En este lugar se bordea un
pequeño ibón que se halla un tanto retirado. Superado
su perímetro, el camino marcado con hitos, se reintegra
de nuevo a la margen del río para continuar cerca de su
curso.
Próximo a este ibón nos encontramos con un
ensanchamiento del valle que desemboca en uno de los
lagos más recónditos y solitarios del cañón, el de la
Cueva de San Martín
Es una
profunda poza excavada en el suelo, a la que vierten las
aguas del río Tera, aguas que se despeñan desde un alto
precipicio por un delgado canal erosionado en la roca. La
poza se halla rodeada por grandes paredones y verdes
prados. En las inmediaciones se encuentra una cabaña con
techo de pizarra y un poco más alejado un refugio de
pescadores. Los alrededores de este lago están cubiertos
por bosques de robles y serbales junto a los cuales crece
una exuberante vegetación de matojos y arbustos menores
que cubren el entorno, donde se guarecen algunas
exóticas especies de la flora y fauna de Sanabria.
La senda que sigue cañón arriba, tiene su continuidad
en las inmediaciones del refugio, situado a unos
trescientos metros del lago, en la vertiente de San
Martín. Una vez superado el resalte rocoso que hay junto
al lago, la senda sigue río arriba por la parte derecha
de éste hasta alcanzar los decrépitos bloques de
cemento y piedras del embalse de Vega de Tera. En este
último tramo, la senda se va desdibujando y a veces se
pierde, por lo que hay que tomar como referencia la
margen del río y los muros del embalse que aun permanece
en pie.
Pasamos al lado izquierdo del pantano por su parte baja,
unas escaleras de cemento construidas junto al viejo muro
nos conducen al refugio que hay cerca de la presa. Desde
éste se asciende un poco para tomar la pista que bordea
el embalse, y continuamos hasta rebasar el agua embalsada
del pantano, en este lugar abandonamos el camino
carretero y comenzamos a remontar la suave loma de la
Sierra Segundera que desciende sobre el lecho del Valle
del Tera, sin apenas dificultad, ganamos altura hasta
situarnos en la cima del pico Moncalvo, una atalaya de la
Sierra Segundera presidida por un vértice geodésico.
El descenso se hace por un pequeño riachuelo que baja
por la vertiente este que surte de agua la Laguna de
Lacillo. Esta laguna se halla en una de las zonas
húmedas más valiosa de la alta planicie sanabresa,
declarada de interés natural. En los márgenes de la
laguna se forman arrecifes naturales e islotes, donde se
refugian especies de aves acuáticas, caso del ánade
real.
Utilizamos como referencia el desagüe de la laguna
de Lacillo, para continuar camino dirección al Embalse
Vega de Conde, aquí se encuentran algunas casas,
abandonadas, que sirvieron para la construcción del muro.
Cerca de estos improvisados refugios se halla un rico
manantial de aguas frias y cristalinas.
La ruta
continúa y lo hace vadeando el río por el mismo muro de
la presa, pasado éste se bordea el embalse en dirección
norte hasta situarse en su reculaje, lugar en el que se
comienza un ascenso suave por la loma que hemos dejado a
nuestra derecha. Ganamos altura con rapidez hasta
situarnos en las altas estribaciones sur de la Sierra de
la Cabrera.
La Peña Cabrita es un estupendo balcón sobre las
extensas planicies que en algunos casos rondan los 2.000
m. Estas mesetas yacen cubiertas de nieve y hielo durante
el invierno y los primeros meses de la primavera. En
estas plácidas llanuras de la estepa alpina, se
encuentran diseminadas numerosas lagunas, todas de origen
glaciar. Destacan por su peculiar formación, tamaño y
situación la de Cubillas, Las Salinas y la de los Peces.
Ésta última tiene su desagüe en dirección este, y lo
hace por el Cañón de la Forcadura, por el mismo que
baja el camino que nos llevará, en un par de horas
aproximadamente, hasta el pueblo montañés de Vigo de
Sanabria, donde damos por finalizada nuestra gran
travesía por estos parajes de la alta Sanabria.
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