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RUTA nº 262
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Se puede hacer en cualquier época del año Desnivel de 200 a 300 metros

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Castilla-León  PROVINCIA DE SEGOVIA
EL PINAR DE LA ACEBEDA

EL MEJOR ECOLOGISTA, EL REY
Este bosque, declarado Sitio de Interés Nacional, permanece intacto desde que lo expropió Carlos III

 
 
el embalse de Puente Alta, punto de partida de esta excursión que discurre por los municipios segovianos de Revenga y La Granja, se halla junto al primero de estos dos pueblos. El acceso más rápido es yendo por la carretera de A Coruña (A-6) hasta San Rafael y luego por la N-603 hacia Segovia. Se aparca al final de la carreterilla que bordea el embalse
no hay fuentes
sendero y pista forestal asfaltada
sin señalizar
Carlos de Hita es el autor de la ecoguía 'Las sierras de Guadarrama y Ayllón' (Anaya, 1995) que, además de curiosas noticias sobre los pinares, incluye varias excursiones a pie por la zona
aunque la posibilidad de perderse es remota –pues siempre hay numerosos caminantes y ciclomontañeros por la zona–, nos puede servir de ayuda un mapa como 'Sierra de Guadarrama', de La Tienda Verde (Maudes, 23 y 38; tel.: 91-534 3257) o la hoja 18-19 (483) del S.G.E.
 

Cuando en un pueblo de España se barrunta que las autoridades en medio ambiente andan merodeando como lobos por el lugar con el propósito de declararlo, en todo o en parte, parque natural o algo por el estilo, no tarda en sonar la cuerna de la tradición y, todos a una, se manifiestan 'fuenteovejunamente' en defensa de sus pastos, su leña, sus canteras, sus cotos de caza y pesca y sus..., ejem, terrenos urbanizables. Éste es el más grande nudo gordiano de la política ambiental: que los menos interesados en que se proteja un espacio natural son los que habitan en él. Sus razones tienen, sin duda.

En el siglo XVIII, empero, las autoridades eran absolutamente absolutistas y no se andaban en chiquitas. Así, cuando los ministros de Carlos III le hicieron ver que los muchos hornos de fundición del vidrio que había en su reino estaban dejando consumidos los montes de roble y pino, el rey, ni corto ni perezoso, abrió una ventana del ala sur de su palacio de La Granja y ordenó: “Estos, nones”. Y expropióse a la Comunidad de Ciudad y Tierra y la Junta de Linajes de Segovia las matas de monte entre Navacerrada, La Saúca y Riofrío. Sus razones tenía el Borbón, sin duda: era cazador.

Al margen de las intenciones y los métodos empleados, justo es reconocer que la protección real de los pinares de San Ildefonso –o La Granja, que tanto monta– y su próvida explotación –durante buena parte del siglo XX, a cargo del Icona–, con turnos de corta de hasta 125 años, han deparado a las generaciones presentes unos bosques que no nos merecemos, sobre todo si los comparamos con los cerros pelados de los alrededores. Ahora que su suerte depende de la Junta de Castilla y León, sólo cabe confiar en que las autoridades autonómicas velen tanto por su salud como lo hicieron las estatales, aunque, por lo dicho al principio, nuestras razones tenemos para ponerlo en duda.

Declarado Sitio de Interés Nacional en 1930, cuando aún era propiedad del Real Patrimonio, el pinar de la Acebeda alfombra el valle más occidental del término de San Ildefonso, por cuyo seno baja corriendo el río Frío desde las faldas de la Pinareja –la cabeza yerta de la Mujer Muerta– hasta el embalse de Puente Alta, a dos pasos del pueblecito segoviano de Revenga. En su declaración oficial, el entonces ministro de Fomento encarecía, con prosa de la época, este paraje “donde la vegetación se manifiesta con máximo esplendor en el bosque exuberante y frondoso, creciendo entre los pinos los acebos [de ahí, su nombre] de verdes y lustrosas hojas, y en donde en los claros del bosque se muestran praderías placenteras por su amenidad y hermosura”. Muy buenas razones, sin duda.

El excursionista que desee conocer esta antigua joya de la corona deberá acercarse al aparcamiento que hay al final de la carreterilla que bordea el embalse de Puente Alta, paseo éste muy frecuentado por los vecinos del cercano pueblo de Revenga, que lo recorren mirando las aguas represadas del río Frío, también llamado Acebeda e, incluso –según reza, por error o para que haya variedad, un cartel instalado 'in situ'–, Acebedas. Aquí nace una senda que, tras rebasar una majada en ruinas, cruza el río por una pontezuela y lo remonta entre espeso boscaje de pinos silvestres, amén de robles, sauces y zarzas que añaden color y sabor al verde uniforme, casi castrense, del pinar.

Tras una hora de andar valle arriba, siempre con el río a mano izquierda, el caminante dará con la vieja toma de aguas del acueducto de Segovia y, poco más arriba, con una pista asfaltada que habrá de seguir a mano diestra. Cortejado por galanos ejemplares de 'Pinus sylvestris' y huérfanos acebos, el paseante avanzará por esta carreterilla hasta la vaguada del río Peces y luego por camino de tierra hasta la valla que delimita el pinar.

Mientras regresa al embalse rodeando por los prados desnudos que cercan el bosque –primero monte abajo y luego a mano derecha siguiendo la Cañada Real Segoviana, marcada con trazos de pintura blanca y roja-, el excursionista hará bien en evocar, porque viene a cuento, el venerable oficio de los hacheros. Y recordando voces y expresiones que fueron suyas, como 'chamoso' –para referirse al árbol enfermo– o 'amuerzagado' –el que ha criado muérdago en su corteza– o 'hacer leña a boca cántaro', el pinar de la Acebeda volverá a ser cosa de reyes.