a Cenicientos se puede
llegar por la carretera de Extremadura (N-V), desviándose por la
M-507 en Navalcarnero y luego por la M-541 en Cadalso. Autobuses de
El Gato (tel.: 91-530 4459) desde la Estación Su |
para completar la jornada,
cabe tomar la carretera de Pelahustán hasta el límite provincial y
disfrutar de la sierra de la Higuera, un encinar de media montaña
que aún permanece intacto |
se puede hacer coincidir con
celebraciones como la Asunción de la Virgen, el 15 de agosto, o la
fiesta de la vendimia, a primeros de octubre |
Miguel Ángel Acero incluye este
itinerario en su guía 'Madrid, a la búsqueda de su
naturaleza' (Penthalon, 1995), y propone como variante para el
regreso al pueblo desandar el camino desde la cima hasta llegar a la
altura de una edificación derruida; justo enfrente nace una senda
que, entre pinos y castaños, conduce a un pequeño valle, donde
muere; ladera abajo, se llega a una presa y, junto a ella, pasa la
pista que nos devolverá a la carretera
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hoja 17-23 (Méntrida) del Servicio
Geográfico del Ejército, o 580 del Instituto Geográfico Nacional
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Hay
quien sostiene, sin poesía, que a Cenicientos le viene el nombre del color
ceniza de los roquedos circunstantes. Y hay quien defiende, con ardor
guerrero, que el topónimo se remonta a tiempos de la Reconquista, cuando
el rey Alfonso VIII de Castilla les pidió a los regidores del pueblo cien
lanzas para ir a la batalla y éstos le contestaron que “para vos tenemos
cien y cientos”. Nosotros nos quedamos con la segunda versión. No sólo se
nos antoja más hermosa, sino más atendible. ¿Qué mejor razón para cambiar
de gracia –el lugar se llamaba antiguamente San Esteban de la Encina– que
una demostración de largueza en días de ira y frontera? A un paso de
Ávila, y medio de Toledo, Cenicientos es población del lejano oeste y,
como tal, agasaja al forastero con placeres elementales. No habiendo
casino ni mujerío ligero de cascos, los corucitos se jactan de su vino,
que nada tiene que envidiar al que elaboran sus vecinos de Cadalso, los
soplones. Y también de sus corridas de toros-toros, los cuales (es fama)
jamás han rendido visita a la barbería. De hecho, debe de ser de las pocas
localidades del planeta bravo que, en llegando la feria, para la Virgen
del Roble, anuncia en los carteles a los animales con mayor derroche
tipográfico que a los coletudos. Nueva liberalidad que los honra.
Además de la Virgen del Roble, los coruchos –otro
gentilicio– veneran a la Candelaria, que es algo así como la marmota de
Punxsutawney, Pennsylvania. ¿Recuerdan la película 'Atrapado en el
tiempo'? Pues tres cuartos de lo mismo: sacan a la Señora en procesión con
una vela encendida; si ésta se apaga, es señal de que el invierno aún no
ha terminado; en caso contrario, la primavera ha venido. La iglesia de San
Esteban –acabemos de una vez con todos los santos– es obra notable de los
siglos XV y XVI. La portada corresponde al gótico, con arco canopial y
decoraciones vegetales. Y se dice que la campana grande fue bendecida por
el obispo de Troya, el mismo tipo que ordenó a Lope de Vega afeitarse el
bigote. Pero como no hemos venido a este confín de Madrid por amor al
arte, sino para probar sus caminos, será menester que nos dejemos de arcos
canopiales y otras gaitas, y salgamos por la carretera hacia Cadalso para,
a un kilómetro escaso de Cenicientos, tomar la pista forestal que conduce
hasta la peña homónima (1.252 metros).
Erigida sobre uno de los estribos más orientales de la
sierra de Gredos, entre los valles del Alberche y del Tiétar, esta
eminencia berroqueña constituye una de las atalayas menos documentadas del
mapa comunitario. Guárdennos el secreto: mientras que un domingo
cualquiera hay que abrirse paso a codazos en los merenderos de El Escorial
o la Fuenfría, aquí, a una hora y pico de la Puerta del Sol, los pinares
que tapizan las faldas de este peñascal permanecen ajenos al lícito
frenesí expansivo de la clase trabajadora.
Seis kilómetros de ida y otros tantos de vuelta –tres
horas largas de andar– suponen un paseo facilón, mas no exento de
felicidades. Ya desde el primer repecho, el excursionista se solaza en la
contemplación del caserío y de sus cultivos, apiñados en torno al templo
parroquial, como Dios manda. Luego la pista zigzaguea, gana rápidamente
altura a través de un espeso bosque de pino resinero y, cuando aquél se
quiere dar cuenta, se extingue bajo sus pies para dar paso a un sendero
que culebrea hasta la misma cima. Ignorando los 'graffiti' con los que
algún imbécil ha insultado estos canchos de granito, el caminante se
encarama a la peña de Cenicientos y contempla aquellos otros trazos
imperecederos que dibujó hace millones de años la mano firme de la
naturaleza: a poniente, el valle del Tiétar (Ávila); a mediodía y
naciente, la depresión del Alberche (Toledo); al norte, como telón de
fondo, las cumbres de Gredos y Guadarrama. Y abajo, casi a tiro de piedra,
un pueblo de placeres elementales, pero que valen por cien..., y
cientos. |