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Antes
de 1976, en que a Valmayor le cupo la suerte de convertirse en el segundo
mayor depósito de agua potable de la región, éste era un valle de égloga
por el que corrían el río Aulencia y sus tributarios, el lince ibérico y
las melenudas usuarias de la Cañada Real Segoviana. Al norte, allá por las
casas del Rico y del Pobre, se encontraba el puente del Tercio, de un solo
ojo, construido por Marcos de Vierna para que Carlos III pudiera cruzar
más cómodamente el valle por el nuevo camino de Galapagar a El Escorial. Y
a su vera, erigida sobre un peñasco, la cruz del Tercio, que desde el
siglo XVII señalaba el límite entre Navalquejigo y La Fresneda.
Hoy, la cruz languidece transplantada en el centro de El
Escorial, a la salida de un tunél, como una señal de tráfico más. El
puente cría verdín bajo las aguas, suplantado por un viaducto de 700
metros sobre la cola del embalse. Los rebaños son de urbícolas que dejan a
su paso basuras mil, sobre todo, y mejor no saber por qué, aplicadores de
tampones. Y, en lugar del lince, hay quien dice haber visto un cocodrilo
africano... A lo mejor era un visón americano. O un siluro asiático. O un
aplicador mutante. Nada es lo que era ni lo que parece en Valmayor: ni
siquiera es el Aulencia el que lo llena, sino que lo hace, mediante el
trasvase de Las Nieves, el río Guadarrama.
Desafiando el negro panorama –una técnica testaruda que
suele deparar felicísimas excursiones–, nos acercaremos al embalse por la
carretera de Galapagar a El Escorial (M-505) y, justo antes de cruzar el
mentado viaducto, nos echaremos a andar a la izquierda por una pista de
tierra y guijo bordeada de paneles informativos que ponderan la riqueza
faunística del embalse. De momento, empero, la única fauna que veremos
será alguna pareja de pescadores echando pestes de la plaga de los
percasoles, peces mucho más voraces que los cocodrilos e igual de
autóctonos (o sea, nada). La antigua carretera, perdiéndose bajo las
aguas, completa el cuadro surrealista.
A
diez minutos escasos del inicio, sin embargo, el panorama mejorará
sensiblemente. Abandonando la pista, que aquí se bifurca –un ramal se
adentra en una finca y el otro, señalizado como vía pecuaria, tira monte
arriba hacia Colmenarejo–, nos desviaremos a la derecha, por un paso de
pescadores, para seguir una senda ribereña que corre llevando a la
izquierda un selvático encinar, y a la diestra, una sucesión de playas
salpicadas de bolos graníticos de hermosas tonalidades grises y rosas:
bellezas que el espejo del embalse duplica, al igual que lo hace con las
siluetas del monte Abantos y las Machotas, que se alzan en el horizonte
escurialense.
Mejor nos parecerá todavía cuando, a una hora del
comienzo, la cerca de piedra que delimita el encinar sea sustituida por
otra apenas visible de alambre y lleguemos al final del sendero. Ya solos,
sin resto inmundo alguno que denuncie el paso reciente de pescadores y
domingueros, continuaremos nuestra andadura por el peñascal costero,
sorprendiendo a la vuelta de cada saliente a aves como los cormoranes
grandes, que asolearse suelen sobre los islotes próximos a la orilla, o
las gaviotas reidoras, cuyas ruidosas bandadas añaden una nota marinera al
frío aire serrano, tan exótica como las huellas de nuestras botas sobre la
arena intacta de estas playas.
Tras dos horas y media de marcha, veremos despuntar sobre
el encinar los chalés y las antenas que anuncian la proximidad de
Colmenarejo. Y enseguida, al doblar un cabo como tantos otros, avistaremos
la presa de 1.215 metros de longitud que hace 27 años convirtió Valmayor
en un embalse de 124 hectómetros cúbicos, sólo superado en nuestra región
por el de El Atazar (423). Madrid perdió un valle agreste, pero ganó, para
su consuelo, un dulce mar de 755 hectáreas de superficie y 36 kilómetros
de riberas que eligen para invernar infinidad de aves acuáticas. La vuelta
la efectuaremos por el mismo camino, mas ahora con mejores ojos. |