|
| RUTA nº 494 |
| ||||||||
| DEHESA DE LA GOLONDRINA | |||||||||
|
EL TESORO DE NAVACERRADA | |||||||||
| |||||||||
|
Ignoramos qué motivos podría tener un pájaro palestino para dejarse caer por la dehesa de la Golondrina, fuera del lógico cansancio. Sí sabemos, en cambio, qué atractivos ofrece para los vecinos de Navacerrada. A la dehesa suben todos el 13 de junio a festejar a su patrón, san Antonio de Padua, que allí tiene una pequeña ermita. A la dehesa suben los ganaderos con sus vacas, buscando los verdes ribazos de las arroyadas y las hojuelas de los chirpiales. Y a la dehesa suben los que disfrutan tiroteando a las liebres, una actividad no muy piadosa pero que engrosa las arcas municipales. A esto hay que añadir que, por su situación -está justo encima del pueblo, al oeste- y su poca elevación -1.392 metros-, la dehesa es uno de los paseos preferidos de los residentes y una buena opción para los visitantes que no desean atacar montes mayores, porque van con niños, porque quieren comer a manteles o por lo que sea. Pensando en éstos, el Ayuntamiento ha señalizado un circuito que permite recorrerla en un par de horas, gozando de uno de los mejores robledales de Madrid: un bosque que, ahora mismo, dorado a fuego lento por el sol huidizo de octubre, es cuando más bello está. En la misma rotonda que da acceso al pueblo, viniendo por la carretera de Villalba, se descubre a mano izquierda la puerta de la dehesa. Justo detrás hay un panel informativo y el primero de una serie de jalones numerados que invitan a subir, no por la pista principal de tierra, sino por la vaguada del arroyo de Jarahonda, surcando una espesura que es de buena querencia del pico picapinos, del jabalí que apetece las bellotas y del ganado que apura hasta el último verdor de las bardas o matas de roble melojo. Así están de lustrosos los chotos, que ganas dan de tirarles un bocado. Monte arriba, en terreno más despejado, la senda marcada confluye con la pista principal, por la que hay que seguir ascendiendo hasta asomarse a un mirador que domina un prodigioso panorama.
Aunque la ruta señalizada acaba aquí, merece la pena trepar hacia la derecha, a campo traviesa, para coronar el cerro de la Golondrina, máxima altura de la dehesa. Nuestro breve esfuerzo se verá recompensado con una vista casi cenital sobre el pueblo de Navacerrada y su embalse, cuya superficie aparece moteada de ánades azulones, somormujos lavancos y gaviotas reidoras. También veremos, a muchos metros sobre el pico, el busardo ratonero y el buitre leonado sobrevolando en lentos círculos la dehesa, al husmo de la carroña que, habiendo caza y ganado, nunca escasea. Volviendo a la pista, y ya sin abandonar ésta, regresaremos al punto de partida pasando por la ermita del patrón. Es fama que san Antonio de Padua tenía, como san Francisco, el don de amigar con los animales y que gustaba de hablar con los pájaros. Mejor lugar que éste no pudo encontrarse para construirle una casa: un altozano rodeado de robles donde bullen los mirlos, los arrendajos, los rabilargos, las abubillas, los pitos reales..., en mitad de una dehesa a la que dicen, para que no falte de nada, de la Golondrina. | |||||||||