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RUTA nº 083
88
Se puede hacer en cualquier época del año Desnivel de 100 a 200 metros
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Comunidad Autónoma de Madrid  COMUNIDAD AUTONOMA DE MADRID - ZONA 1
ACEBOS DE ROBREGORDO

VÍCTIMA DE LA FORTUNA
El árbol de la Navidad y la suerte sobrevive, a pesar de los expolios, en un rincón de la Sierra Norte

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Robregordo tiene rapidísimo acceso en coche por la N-I. El campo de fútbol, punto de partida de la excursión, se halla pasado el kilómetro 89 de la antigua carretera de Burgos (Robregordo-Somosierra), tomando una pista asfaltada que baja a mano izquierda, frente al cementerio. Hay autobuses de Continental Auto (tel.: 91-314 5755)
resulta recomendable para cualquier época del año. Incluso en pleno invierno, los acebos proporcionan refugio en caso de lluvia, ventisca o un frío extremo
Miguel Ángel Acero describe ésta y otras rutas por la zona en la guía 'Madrid, a la búsqueda de su naturaleza', de Libros Penthalon
hoja 19-18 (Prádena) del Servicio Geográfico del Ejército o mapa 'Sierra Norte', de La Tienda Verde (Maudes, 23 y 38; tel.: 91-534 3257)
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Emblema de la Navidad y de la dicha hogareña, el acebo ha sufrido por eso mismo tal persecución que ríanse de los 'progroms' judíos. Su madera, blanca, flexible, muy dura y compacta, ha sido codiciada por ebanistas y torneros. Y para más inri, nuestra península, que por el clima lleva camino de convertirse en arábiga, hace siglos que dejó de ser terreno abonado para este arbolito, relicto de épocas más frías, cuando aún llovía y nevaba y todas esas cosas.

Preocupadísimas por la suerte (en este caso, mala) del 'Ilex aquifolium', las autoridades comunitarias del ramo se apresuraron en su día a tomar dos medidas, a cual más drástica, para infundir el pánico en los expoliadores. Una (1983): declararlo por decreto especie protegida –la primera de la región–. Y dos (1987): enviar a sus técnicos de excursión en busca de algún espécimen de buen porte a fin de incluirlo en un catálogo de árboles ejemplares. ¡Qué chupi! Es de suponer que los técnicos registraron el Guadarrama de arriba abajo: la dehesa de Somosierra y la Pedriza de Manzanares, el valle de la Fuenfría y el arroyo de Canencia, enclaves todos donde es fama que perduran unos cuantos acebos, desperdigados tanto en bosques de pino silvestre como en melojares y casi siempre a alturas inferiores a 1.500 metros.

Pero hete aquí (y esto es lo mejor) que fueron a dar con un individuo soberbio, de más de doce metros, en el término de La Acebeda, lugar en el que, al margen del nombre y del árbol ejemplar, apenas queda rastro de ellos. O por lo menos no hay tantos como en el vecino Robregordo. Y es que aunque el topónimo invite a pensar sobre todo en robles gordos, que los hay y asaz corpulentos, esta otra localidad registra el mayor asentamiento de acebos de Madrid. Los nativos no entienden por qué los domingueros –que, de venir, serían dinero para el pueblo– buscan el gato en el garbanzal, la aguja en el pajar, el acebo en La Acebeda. No entienden que esa ignorancia es, acaso, la única ley que ha librado del expolio a los acebos de Robregordo. Dando por supuesto el minucioso respeto que siente el excursionista por los acebos –y el que corte una rama, que le parta un rayo–, éste habrá de acercarse para conocerlos mejor hasta el campo de fútbol de Robregordo y, tomando como referencia el fondo norte, trepar por la ladera más próxima junto a un murete de piedra hasta desembocar en una pista forestal.

Tal camino le conducirá, en ligera subida, hasta la puerta de la finca que atesora las reliquias botánicas. Y será otra verja, dos kilómetros más adelante, la que ponga fin a la propiedad y a la parte ascendente de la caminata. Tanto a la ida como a la vuelta (en total, cinco kilómetros y medio nada fatigosos), el paseante podrá solazarse con las vistas de las montañas circundantes: al norte, el pico límite de las Tres Provincias; a levante, la mole de la Cebollera Nueva; y al sur, los lejanos canchales de la sierra de La Cabrera.

Pero estas alturas no deberán distraerle de los placeres terrenales que hasta aquí le han traído. Así, saludará con afecto al efímero helecho y al rosal, al chico melojo y al roble gordo, a la adusta retama y –cuánto honor– al señor acebo. Agrupados en rodales a la vera del camino, los acebos forman copas de hasta seis metros de altura. Sus hojas, de color verde oscuro en el haz, lustrosas, crespas y con espinas en el margen, tapizan todo el año estas cúpulas vegetales que, junto con sus drupas rojizas, proporcionan sustento y cobijo a especies aladas y herbívoras. Y cobijo también al caminante, que sabedor del cálido microclima que rige bajo estas bóvedas –hasta diez grados por encima de la temperatura exterior–, buscará su amparo cuando el frío arrecie.

La luz, muy tamizada, crea cabe la fronda un ambiente de paraje submarino. Sobre su lecho, alfombrado de hojas de roble, las vacas evolucionan como peces enormes, frezando al calorcito unas, recelando del intruso las demás, mientras fuera ruge la ventisca.

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